Nuestras costumbres, el encantador patrimonio inmaterial

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La célebre investigadora de la Universidad Autónoma de Yucatán Margaret Shrimpton decía que, por sus costumbres, particularidades políticas y entorno que no era completamente caribeño, ni completamente mexicano, Mérida es  como una isla que no se parece a otra y yo creo que tiene razón.

Mérida es una ciudad tranquila que cuenta con situaciones distintas al resto del país. Los meridanos en cada gesto y en cada palabra reflejan un profundo amor por la vida, por la ciudad, por la naturaleza y por su historia.

Muy pocos lugares están tan conectados con sus tradiciones como aquí. En nuestra tierra.

Recuerdo aquella época en la que los domingos familiares eran el momento en el que se encontraban hasta cinco generaciones de la familia: los más pequeños terminaban de comer su papilla o sus verduras sancochadas para que no les lastimen las encías. Los que ya estaban en edad de jugar tienen que interrumpir el ameno encuentro de “busca busca” para asistir al llamado de la madre. Los tíos contaban anécdotas de su infancia y adolescencia como si hubieran sido ayer. Los abuelos se sentaban a contemplar el fruto de su gran trabajo como padres.

Nuestras tradiciones son muy ricas, porque nos encontramos con ellas vivas en cada platillo, en cada rincón, en cada canción y en cada creencia.

Creemos y creamos en cada encuentro. Somos personas sobre las que se pueden escribir miles de páginas. En este blog habrá veces que recuerde y haga un recuento de algunas de nuestras tradiciones más queridas y las que más me han dejado fascinado.

Sé que mi papá, don Víctor, y mi mamá, doña Conchi, estarán representados en varias de las líneas que aquí les narre.