El efecto Colosio

 

La primera vez que lo ví fue en septiembre de 1988. Recientemente yo había cumplido 21 años de edad y hacía mis primeras tareas políticas. Fue en la entrada del palacio de Gobierno; era un tipo con gran personalidad pero discreto, recuerdo que su gran mulix llamaba la atención. En ese lugar un buen amigo, Eric Rubio Barthell, me dijo en voz baja “va a ser el próximo presidente” a lo que ingenuamente le pregunté ¿de dónde? Y me respondió: del partido! Aunque podría ser de México; luego lo saludó llamándolo Donaldo y me presentó con él.

Imagina lo que un joven de esa edad puede sentir cuando ve de cerca a un personaje de esa talla, más cuando te atrae la política, por eso cuando lo saludé sentí una profunda emoción y al mismo tiempo una gran empatía personal. Pude estrechar su mano y verlo a la cara, ver la gentil expresión de su rostro.

Efectivamente fue presidente del PRI y también candidato a la Presidencia de la República, no tenía algún vínculo político con él como muchos yucatecos que sí trabajaron de cerca de Donaldo, pero me sentía “parte de su equipo”, me sentía orgullosamente colosista y seguía muy de cerca todo lo que hacía pero más lo que decía.

Dos fechas recuerdo es especial: el 23 de febrero y 4 de marzo de 1994. La primera fue su vista a Yucatán como candidato del PRI a la Presidencia de México; yo fui parte del equipo logístico y me tocó participar en su recepción en Halachó y en el mitin que se organizó en la Casa del Pueblo. De todas las anécdotas de esa gira recuerdo muy bien cuando nuevamente saludé personalmente a Colosio en su cuarto del hotel Conquistador, ahí vi a un ser humano francamente agotado por el trabajo, quemado por el sol, pero con una gran lucidez y sencillez. La otra fecha la viví en la Ciudad de México cuando un grupo de yucatecos acudimos al aniversario del partido y fuimos testigos de la visión que Luis Donaldo plateó sobre nuestro país, fué impactante escucharlo.

Un mes después de su visita a Yucatán lo asesinaron. Recuerdo perfectamente cada instante de ese día. Confieso que sentí temor, nerviosismo, también coraje e impotencia y como todos, una gran tristeza por él y su familia. A mis veintiséis años no entendía bien que iba a suceder pero comprendí perfectamente que las cosas ya no serían igual en nuestro país, que el rumbo de la patria se había desviado, que la bala que mató a Colosio había impactado a a otros políticos y no políticos, priistas y no priistas, buenos y malos, a todos, incluyendo a toda mi generación; el efecto de su asesinato repercutiría de diferentes maneras.

Y así fue, no tengo duda que Colosio hubiera transformado el régimen político para que la democracia realmente se traduzca en bienestar para todos los mexicanos y el PRI se habría transformado en un auténtico partido de militantes capacitados y preparados, con formación ideológica.

Pero en la vida el hubiera no existe; y el efecto fue que en diciembre de ese año tuvimos una de las peores crisis económicas, graves conflictos políticos en el PRI que derivó posteriormente en la primera alternancia del gobierno federal y entonces surgió una nueva clase política en el país sin una autentica ideología y capaces de hacer negociaciones de cualquier tipo y costo.

Para mí también hubo importantes efectos, desde joven me quedó claro que la política es un instrumento indispensable para que una sociedad se desarrolle, pero que su finalidad se distorsiona cuando las personas que lo ejercen se preocupan y ocupan únicamente en los cargos, es decir en su propio bienestar y no en el de todos, de ahí se derivan las traiciones.

Entendí que teníamos todavía un largo camino qué recorrer para que México realmente se transformara, pero no iba a ser fácil ni rápido, que sólo con ideas claras y precisas, con auténticos proyectos sociales valía la pena seguir esforzándose.

Esas ideas siguen vigentes y siguen teniendo el mismo efecto en mí…el efecto Colosio.